2 – Ideología y práctica social

Las ideas sólo pueden provenir de la práctica social, de los tres tipos de práctica: la lucha por la producción, lucha por la experimentación científica y lucha de clases. La práctica social es colectiva y está históricamente determinada.

En “Sobre la práctica”, Mao Tse Tung nos explica:
“El materialismo premarxista examinaba el problema del conocimiento al margen de la naturaleza social del hombre y de su desarrollo histórico, y por eso era incapaz de comprender la dependencia del conocimiento respecto a la práctica social, es decir, la dependencia del conocimiento respecto a la producción y a la lucha de clases.
Ante todo, los marxistas consideran que la actividad del hombre en la producción es su actividad práctica más fundamental, la que determina todas sus demás actividades. El conocimiento del hombre depende principalmente de su actividad en la producción material; en el curso de ésta, el hombre va comprendiendo gradualmente los fenómenos, las propiedades y las leyes de la naturaleza, así como las relaciones entre él mismo y la naturaleza, y, también a través de su actividad en la producción, va conociendo paulatinamente y en diverso grado determinadas relaciones existentes entre los hombres. No es posible adquirir ninguno de estos conocimientos fuera de la actividad en la producción. En una sociedad sin clases, cada individuo, como miembro de la sociedad, uniendo sus esfuerzos a los de los demás miembros y entrando con ellos en determinadas relaciones de producción, se dedica a la producción para satisfacer las necesidades materiales del hombre. En todas las sociedades de clases, los miembros de las diferentes clases sociales, entrando también, de una u otra manera, en determinadas relaciones de producción, se dedican a la producción, destinada a satisfacer las necesidades materiales del hombre. Esto constituye la fuente fundamental desde la cual se desarrolla el conocimiento humano.
La práctica social del hombre no se reduce a su actividad en la producción, sino que tiene muchas otras formas: la lucha de clases, la vida política, las actividades científicas y artísticas; en resumen, el hombre, como ser social, participa en todos los dominios de la vida práctica de la sociedad. Por lo tanto, va conociendo en diverso grado las diferentes relaciones entre los hombres no sólo a través de la vida material, sino también a través de la vida política y la vida cultural (ambas estrechamente ligadas a la vida material). De estas otras formas de la práctica social, la lucha de clases en sus diversas manifestaciones ejerce, en particular, una influencia profunda sobre el desarrollo del conocimiento humano. En la sociedad de clases, cada persona existe como miembro de una determinada clase, y todas las ideas, sin excepción, llevan su sello de clase”.

Todas las ideas, sin excepción, tienen su origen en la práctica social, en los tres tipos de prácticas fundamentales:

  • La lucha por la producción: Transformación de la naturaleza en bienes de consumo y de uso. Es la práctica básica de todos los grupos sociales y la principal fuente de conocimiento. Entraña una división social del trabajo y se desarrolla perfeccionando los instrumentos de trabajo. Es lo que nos diferencia de los animales. Y es común a todos los grupos sociales, desde una tribu del Amazonas, a un grupo de esquimales o una sociedad de capitalismo desarrollado.
  • La lucha por la experimentación científica: el conocimiento de las leyes objetivas que rigen un proceso de desarrollo de la materia.
  • La lucha de clases: lucha por el poder político para apropiarse de los excedentes de la producción.

No existe una sola idea que tengamos de forma “innata”. Todas las ideas provienen de la práctica social.
Buena parte de las ideas que tenemos provienen de la lucha por la producción, la actividad basica de los grupos humanos. Ideas que consideramos “espontáneas”, como la sucesión de las estaciones, son en realidad producto de una prolongada práctica social en la lucha por la producción, en la que la humanidad desarrolló la agricultura.
La lucha por la experimentación cientifica genera también ideas en nuestra conciencia. Desarrollando por ejemplo, a partir de los siglos XVI y XVII, una concepción sobre el universo que se enfrentaba al nódulo de la ideología feudal, donde Dios había colocado a la tierra en el centro del universo, y que concebía a Dios como el motor último del desarrollo.
Otra parte importante de las ideas que tenemos provienen de la lucha de clases.
La concepción de que el egoismo es propio de la naturaleza humana no es “innata” sino resultado de un prolongado proceso de lucha de clases donde se han impuesto las ideas que corresponden al régimen de explotación.
Como nos ha desvelado el trabajo de muchos antropólogos, en las sociedades de comunismo primitivo no existía en el lenguaje -que Marx llama “la conciencia en estado práctico”- el pronombre “yo”. Cada individuo se refería a sí mismo en tercera persona (al contar algo que él había hecho afirmaba “este hombre ha hecho”). Es resultado de una concepción del mundo donde el individuo solo se concebia a sí mismo como parte de la colectividad.
De la misma forma, tampoco existían en el lenguaje muchos posesivos que hoy utilizamos habitualmente. Porque no era concebible, ni siquiera verbalmente, que un individuo se apropiara de lo que debía estar a disposición del conjunto de la tribu.

La practica social es colectiva y está históricamente determinada. El hombre es un ser social por naturaleza.
No existen los individuos por separado, que luego “se juntan” y dan forma a la sociedad. El “individuo”, el “Hombre”, no existe al margen de la sociedad, ni previamente a ella.
Un individuo solo existe, solo puede nacer y desarrollarse, como miembro de una sociedad, y como tal adquiere una determinada concepción del mundo, que no está en la “naturaleza humana”, ni ha sido “elegida” por cada individuo.
Esta realidad, como plante Marx, “es tan vieja como el hombre mismo”. Así lo han confirmado las conclusiones del equipo científico de Atapuerca, al establecer como los sapiens sapiens se impusieron sobre los neandertales no por su superioridad física, sino por poseer una mejor organización social.

Estamos acostumbrados a ver la realidad desde la concepción ideológica dominante burguesa, es decir desde el humanismo, desde el individualismo más estrecho.
Esta determinación ideológica -y no ningún problema teórico- es lo que hace tan difícil comprender el concepto marxista de práctica social.
El humanismo,como establece Mao en “Sobre la práctica”, coloca siempre al Hombre -con una esencia eterna e inmutable- “al margen de su naturaleza social y de su desarrollo histórico”.
El concepto de práctica social se enfrenta rádicalmente al nódulo del humanismo y el individualismo dominantes, al “yo a lo mio”, al “yo elijo mis propias ideas”…

La práctica social es colectiva. NO es la suma de las prácticas individuales
La práctica social es propia de todo un grupo social, es colectiva y está históricamente determinada.
La producción es social, requiere de la participación de todo el grupo social, entraña una determinada división social del trabajo, se corresponde a un determinado grado de desarrollo de la fuerzas productivas).
Esta producción social implica la cooperación de diversos individuos, estableciendo entre ellos determinadas relaciones de producción, objetivas e independientes de su voluntad.
La práctica social está históricamente determinada. Se corresponde con un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales, con un determinado “peldaño social”, con un estadio concreto de la lucha de clases.

La práctica social NO es la suma, o el denominador común, del conjuto de prácticas individuales. Esta es una posición humanista e individualista, que coloca al hombre, al individuo por encima de las condiciones sociales.
Tal y como plantea Mao, “en una sociedad sin clases, cada individuo, como miembro de la sociedad, uniendo sus esfuerzos a los de los demás miembros y entrando con ellos en determinadas relaciones de producción, se dedica a la producción”. Y en una sociedad de clases lo hace como miembro de una clase.
Cualquier individuo que se dedique a la producción, por muy aislado y autónomo que parezca hacerlo, lo hace determinado por las condiciones de la producción capitalista, de un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas y de la lucha de clases.
Cada individuo está sometido a unas determinadas condiciones sociales, y sobre ellas desarrolla una práctica como miembro de una sociedad. Tal y como plantea Marx, en “El 18 de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte”, “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

En una sociedad de clases, cada individuo existe como miembro de una clase, todas las ideas, sin excepción, tienen un sello de clase, y todas las ideologías tienen carácter de clase, sirven a los intereses de una u otra clase. Las clases no eligen su ideología, sino que están presas de ella.
En la sociedad de clases, cada persona existe como miembro de una determinada clase, y todas las ideas, sin excepción, llevan su sello de clase
Cada individuo existe y se representa el mundo como miembro de una clase o grupo social. No existe “un pequeño rincón personal” al margen de la realidad social, al margen de las clases y la lucha de clases.
Hasta las ideas que hacen referencia a los sentimientos más íntimos del individuo, que teóricamente pertenecen al terreno “más personal”, son colectivas y están históricamente determinadas.
Las ideas relacionadas, por ejemplo, con el amor están determinadas por unas determinadas relaciones de producción y un determinado desarrollo de la lucha de clases.
En las sociedades de comunismo primitivo -donde las relaciones de producción eran de colaboración y apoyo mutuo y no de explotación, y no existía propiedad privada sobre los medios de producción- no había lugar para los celos o para relaciones determinadas por la posesión. En el mundo greco-romano, las relaciones esclavistas se reproducían en el seno de la familia. La familia romana comprendía a todo el que vivía bajo la autoridad del pater familias, incluyendo a los esclavos. El pater familia era el dueño legal de todos los miembros de la familia. En la Edad Media, las relaciones del “amor cortés” eran una transposición al terreno sentimental de las relaciones de vasallaje.

La base material de la ideología es la práctica social. La ideología está anclada en las relaciones de producción, surge de ellas, pero a su vez las fija y reproduce, y cohesiona a todo el grupo social en torno a ellas.
Las clases, también las clases dominantes, están presas de su ideología,
La ideología no es “un truco”, un “engaño” que se inventan las clases dominantes para dominar a la población.
Como clase dominante, la nobleza feudal no podía adoptar otra concepción del mundo que no estuviera nucleada en torno a Dios. Y la burguesía solo puede concebir el mundo desde el humanismo.
Que ese sea el nódulo central de la ideología burguesa se explica en primer lugar por las mismas relaciones capitalistas de producción, y las condiciones de existencia de la burguesía como clase.
El capitalismo arroja a cada capitalista a una competencia feroz, donde unos se agigantan, concentrando el capital en sus manos, y otros desaparecen como burgueses. En la realidad material del capitalismo -y no en ninguna ensoñación filosófica- “el hombre es un lobo para el hombre”.
De esta realidad surge el humanismo como nódulo central de la ideología burguesa, y a su vez el humanismo -la concepción del mundo desde el individuo como principio y fin de todas las cosas- contribuye a reproducir permanentemente las relaciones de producción burguesas.
Empuja a cada capitalista a competir con su rival. Y también arroja a los obreros a competir entre ellos por vender en mejores condiciones su fuerza de trabajo al capitalista.

La ideología dominante es la ideología de la clase dominante, sosteniendo y justificando su dominio de clase y encuadrando en él al conjunto de la población. La ideología burguesa, cuyo núcleo central es el individualismo, está asentada sobre las relaciones entre capital y trabajo asalariado, y sirve para reproducirlas permanentemente.
La ideología dominante es siempre la ideología de la clase dominante. Y no sólo por un “factor objetivo” -que esa misma ideología tenga su base material en las mismas condiciones materiales que la erigen en clase dominante-, sino como resultado de la lucha de clases.
Todas las clases necesitan crear un clima de opinión, no sólo para tomar el poder, sino también para conservarlo, para encuadrar a toda la población bajo su dominio de clase.
Para ello disponen de aparatos ideológicos -formando parte del Estado, el instrumento para imponer su dictadura de clase sobre el resto de la población- que difunden, educan, encuadran a cada individuo en la ideología de la clase dominante.
Aparatos ideológicos como la escuela, las universidades, los medios de comunicación, la iglesia, los monopolios de la cultura…

Los Derechos Humanos, en mayúscula y presentados como universales, son en realidad los derechos humanos de la burguesía, los derechos del hombre burgués.
La burguesía coloca al Hombre en el lugar que antes ocupaba Dios, pero al hombre burgués. La concepción ideológica de la burguesía es el humanismo. Fruto de ella, la ideología burguesa atribuye al “Hombre” una personalidad dotada de atributos eternos e inmutables: la Razón (burguesa), la Libertad (burguesa), la Igualdad (burguesa)…
El primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 establece que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos”.
Libres porque es necesario que no estén sujetos por el yugo de las relaciones de vasallaje que imponía la servidumbre feudal, para poder convertirse en proletarios.
Iguales porque hay que sustituir los viejos privilegios de nacimiento feudales por la competencia capitalista.
Pero esa libertad e igualdad tiene, para la burguesía, un límite estricto. El que marca el segundo artículo, donde se establece que uno de los derechos “naturales e imprescriptibles”, del hombre es el derecho a la propiedad, “del que nadie podrá ser privado”.
“La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos”, dice el artículo IV. Y con ello la burguesía establece su propia concepción burguesa de la libertad: todo aquello que atente contra la propiedad privada sobre los medios de producción, un “sagrado e inviolable” derecho del hombre, no cabe en ella.

El núcleo de la Declaración de los Derechos Humanos es justamente afirmar el derecho inalienable a la propiedad privada sobre los medios de producción. Y desde él hay que leer el resto de derechos.
La democracia que conceden las revoluciones burguesas es de clase. Incluso la Revolución Francesa, la más “progresista” de todas las revoluciones burguesas, nace prohibiendo a la clase obrera el derecho a organizarse frente a los capitalistas.
En 1791 la ley de Chapelier confirmaba la desaparición de los gremios, propia del sistema feudal, y lo aprovechaba para prohibir en su artículo 4 cualquier coalición de trabajadores para buscar aumento de salarios. El Código Penal francés de 1810 consideraba como delito las coaliciones de trabajadores, los sindicatos, con penas de entre dos y cinco años de prisión.
No existen los “derechos humanos” al margen y por encima de las clases. Los “derechos humanos” son los derechos del hombre burgués. Y el primer derecho burgués es el de poder explotar la fuerza de trabajo. Por eso se reconoce genéricamente el derecho a “la resistencia a la opresión”, pero se legisla de forma concreta para negar a los obreros cualquier capacidad de resistencia frente a la explotación, cualquier forma de organización como clase.
La “libertad” y la “igualdad” burguesas son la trasposición al terreno ideológico y político de las mismas relaciones de producción capitalistas.
Aparentemente capital y trabajo asalariado intercambian las mercancías que poseen de forma “libre” y “proporcional”, justa, entre iguales no sometidos a coherción o servidumbre. En la realidad, las condiciones materiales en que se produce conducen inevitablemente a la explotación, a concentrar cada vez más la riqueza -y con ella el poder político- en manos de los propietarios del capital, los burgueses.

Pero la actual Declaración Universal de Derechos Humanos está basada en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional revolucionaria francesa, máximo órgano político creado por la triunfante revolución burguesa de 1789.
Se corresponde a la época revolucionaria de la burguesía, donde debía derrocar el poder de la nobleza. Por eso, en su redacción original establecida por los revolucionarios burgueses en Francia sí se fijaba como derecho “la resistencia a la opresión y la tiranía”. Pero dos siglos después, en la Declaración de los Derechos Humanos aprobada por la ONU en San Francisco en 1948, cuando la burguesía ya es la clase dominante en todo el mundo, este derecho ha sido suprimido.
Cuando fue una clase revolucionaria, la burguesía desarrolló el materialismo en determinados ámbitos, provocando la aparición de todo un continente científico, la física, o dinamitando el idealismo teológico. Pero, por su condición de clase explotadora, la burguesía, como clase dominante, no puede sino desarrollar concepciones ideológicas cada vez más reaccionarias.
La irrupción del marxismo y de la revolución comunista durante el siglo XIX acelerarán el repliegue de la burguesía hacia posiciones cada vez más reaccionarias. Hasta desembocar en la teorización del racismo, de la superioridad natural occidental y su “misión civilizadora” en el mundo, como sustento del imperialismo. O, ya en el siglo XX, el surgimiento del fascismo, que no puede separarse de la oleada revolucionaria posterior a la Revolución de Octubre.
El dominio actual del capital monopolista, de las principales potencias imperialistas, encabezadas por la superpotencia norteamericana, no puede sino atacar la letra y el espíritu de los derechos humanos que la burguesía revolucionaria presentó como su programa ideológico ante el mundo.

El derecho a la educación o la sanidad son negados a una importante parte de la humanidad, también en los países de capitalismo desarrollado. La libertad de información y opinión se convierte en su contrario bajo el dominio de los grandes monopolios…
En El Manifiesto Comunista, Marx afirma que “la burguesía es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad”.
Este antagonismo se ha multiplicado en nuestros días. El dominio del capital monopolista, de las potencias imperialistas, del hegemonismo norteamericano, está cada vez más enfrentado con los intereses más básicos del conjunto de la humanidad. Negando y conculcando permanentemente los mismos derechos que presentó como su programa ante la humanidad hace poco más de dos siglos.

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